Lo que queda después de la catástrofe — Una entrevista con Cal Flyn
¿Qué está ocurriendo con la fauna y la flora de paisajes posthumanos como Chernóbil o las zonas desmilitarizadas de la península de Corea? La escritora escocesa Cal Flyn visitó varios de los territorios más desolados del mundo para conocer la forma en que la naturaleza es capaz de repoblar lo que antes era cemento y metal. Uno de los periodistas culturales icónicos de nuestro país acude a su formación de biólogo para ahondar con Flyn en los hallazgos y en los interrogantes que permanecen sobre estos “nuevos” ecosistemas.
POR Eduardo Arias
Quien haya observado atentamente lugares tan poco llamativos como una superficie de cemento o pavimento agrietada o un edificio abandonado ha sido testigo de cómo la vida se abre paso allí a pesar de la hostilidad aparente. Musgo que brota en un muro cuando cae el primer aguacero, animales y plantas que sobreviven en humedales de Bogotá, dentro de ecosistemas que reciben altas dosis de contaminación en sus aguas... En Islas del abandono (Capitán Swing, 2022), la periodista y divulgadora científica escocesa Cal Flyn explora y describe aquellos lugares de la Tierra donde la vida ha sabido persistir a pesar de condiciones extremas de contaminación ambiental, degradación de suelos e incluso radiactividad. El libro recorre muchos de esos espacios en diversos puntos del planeta, menciona algunas de las especies que han logrado adaptarse a entornos casi imposibles, pero también aquellas que han podido asentarse en lugares abandonados por la humanidad.
En esta entrevista, realizada vía correo electrónico, Flyn, quien suele colaborar para medios como Granta, The Guardian y The Economist, ahonda en las controversias que ahora mismo dividen a los académicos sobre los escenarios que fue descubriendo y que recientemente han sido denominados “ecosistemas novedosos”. Además, cuenta cuáles fueron los lugares posthumanos que más la estremecieron durante su investigación y arriesga una respuesta frente a la incógnita sobre el futuro y la supervivencia del Homo sapiens en el planeta.
Comencemos con una pregunta usual, pero que aquí es pertinente: ¿qué aspectos de su carrera o intereses personales inspiraron la idea de este libro? ¿Qué la llevó a centrarse en estos ecosistemas profundamente alterados y tradicionalmente ignorados por los biólogos al no considerarse “naturales” en un sentido convencional?
Inicialmente me interesé en ellos desde un punto de vista puramente estético. Hace unos años escribí un ensayo para una pequeña revista sobre las islas Slate, frente a la costa oeste de Escocia. De ellas se extraía pizarra durante el siglo xix y posteriormente se inundaron durante una gran tormenta. Ahora mismo estas diminutas islas están salpicadas de profundos charcos de tonos inusuales gracias a las impurezas de la roca que se filtran en el agua estancada. Son muy hermosas y peculiares; parecen la paleta de un pintor, pero a una escala enorme. Incluso una tiene forma de rosquilla debido a lo pequeña que es la isla y lo grande que es la cantera inundada. Pensé en ellas como paisajes con una belleza particular, una jolie-laide, como dicen los franceses, esa cualidad extraña e impactante que distingue a una modelo de una simple chica guapa. Pero cuando empecé a investigar el tema me di cuenta de que allí existía además un valor ecológico.
Estos ecosistemas peculiares y salvajes a menudo albergaban especies extremadamente inusuales o mezclas inesperadas de ellas que de otro modo nunca se habrían unido. Con frecuencia eran de interés científico; por ejemplo, las antiguas minas de cobre y estaño suelen tener líquenes tecnicolor que fijan el metal del suelo dentro de sus propios cuerpos, o flores raras que toleran la sal o metales pesados, pero que en entornos más “puros” no crecen igual. Me pareció que todo esto tenía cierta cualidad poética y me hizo reflexionar sobre mi perspectiva del paisaje.

¿En qué medida y de qué manera cree que la humanidad ha alterado las trayectorias evolutivas de otras especies, más allá de los impactos evidentes, como la destrucción de hábitats y la extinción? Es decir, en términos evolutivos, ¿qué identificaría como la “firma” o huella de la humanidad en el desarrollo de la vida en la Tierra?
Esa es una pregunta realmente interesante y al mismo tiempo bien difícil de responder. En mi opinión, la humanidad y el resto de lo que llamamos “naturaleza” están tan profundamente entrelazados que es difícil distinguir el impacto de uno en el otro. Los humanos, obviamente, han alterado enormemente la faz de la Tierra en los últimos siglos, en particular con la creación de las metrópolis, el transporte, la agricultura a gran escala, la extracción de recursos, la domesticación del ganado y las emisiones industriales de carbono. Trabajamos día y noche en transformar el planeta para nuestro propio beneficio. Y al tiempo, día y noche, otras especies intentan hacer lo mismo. Escribir Islas del abandono me hizo comprender que nuestros semejantes en este mundo –es decir, animales, plantas, hongos, bacterias– son tan oportunistas como nosotros, y por eso, hasta cierto punto, podemos confiar en que trabajan para sobrevivir. No son víctimas pasivas de nuestros crímenes, aunque, me temo, nosotros cometemos muchos más crímenes.
Ese descubrimiento fue muy tranquilizador. Reconsideré nuestro impacto en el planeta como uno entre muchos, aunque uno muy grande, y llegué a comprender que las demás especies que nos rodean ya cuentan con las herramientas para sobrevivir en un mundo dinámico. Que, si las dejamos, pueden sacar el máximo provecho de una situación adversa: crecer, repoblar, recolonizar, adaptarse.
En términos de “firma”, uno de los impactos más profundos es la domesticación: una enorme proporción de la biomasa del planeta está prácticamente controlada por los humanos. Es decir: ganado, ovejas y otros animales, pero también los cultivos de nuestros campos y los bosques que se crean para ser talados. En ocasiones hemos transformado literalmente a estos individuos para que no puedan sobrevivir ni propagarse sin nosotros. Si, de alguna manera, desapareciéramos de la noche a la mañana, muchos cultivos se esfumarían para siempre en cuestión de meses y otras plantas ocuparían su lugar. Los animales domésticos, habiendo escapado de sus casas, potreros y establos, se comportarían de forma muy distinta a como lo hacen ahora, a medida que se fuera restableciendo el equilibrio sexual (hay muchos machos domesticados que son sacrificados o castrados en su juventud). Sería una época de anarquía hasta que se encontrara un nuevo equilibrio. Pero todos los equilibrios en la naturaleza son provisionales. Además, hemos puesto en contacto a muchísimas especies que antes no lo estaban y que de otro modo nunca lo habrían estado. Esto se debe a que las especies se transportan como polizones en nuestros viajes y exploraciones, y también a la importación intencionada de, por ejemplo, plantas de jardín y comestibles.

Cal Flyn en una casa abandonada de Rose Cottage, Swona, Escocia.
¿Cómo ha respondido la comunidad científica a esta línea de investigación sobre los escenarios ambientales que explora en su libro? ¿Los estudios, como el suyo y de otros investigadores, sobre ecosistemas “novedosos” han transformado de alguna forma el pensamiento ecológico o desafiado los paradigmas dominantes?
Cuando los ecólogos comenzaron a estudiar, y a dudosamente valorar, los llamados “ecosistemas novedosos” (es decir, aquellos en los que especies que nunca se habrían reunido “naturalmente” conviven en el mismo lugar), hubo mucha controversia. Existía la sensación de que, al reconocer el valor de estos ecosistemas, devaluábamos los más “puros” e inalterados, y que nos eximíamos de la responsabilidad de haber dañado el funcionamiento natural de las cosas.
Yo entiendo las críticas. Todo esto podría interpretarse como aceptar los impactos del hombre sobre la naturaleza y simplemente seguir adelante, en lugar de intentar revertir cualquier daño. Sin embargo, creo que la ecología ha estado asimilando estas nuevas lecciones sobre el dinamismo de la naturaleza. Ya no se enseña, por ejemplo, que la germinación sucesiva de plantas conduce a un ecosistema “clímax”, que ha alcanzado su máximo potencial y equilibrio en términos de diversidad de especies y complejidad, sino que ciertas especies tienden a predominar durante ciertos períodos después de una perturbación. Por ejemplo, después de una catástrofe, la maleza que florece anualmente –como la verdolaga, el cenizo o la pamplina– prospera inmediatamente, seguida por el césped y los arbustos, y finalmente por los árboles, que se vuelven una presencia más dominante años después. En todo caso, esa perturbación de algún tipo, que en algunos casos es inevitable, puede tener ciertos beneficios. Basta ver los bordes de los claros de los bosques, que a menudo son muy biodiversos en comparación con el bosque oscuro que los rodea. De esta forma, un ecosistema puede redirigirse por caminos diferentes, a medida que distintas especies entran y salen del área.
A menudo escuchamos que la vida en la Tierra está en peligro debido al cambio climático y la intervención humana. Pero, ¿cree usted que la vida misma está realmente en peligro, o es más preciso decir que la amenaza aplica sobre todo a la supervivencia del Homo sapiens y a la civilización tal como la conocemos actualmente?
Creo que ambos escenarios causan ansiedad. Ciertamente, si forzamos la atmósfera más allá de algunos límites, es muy posible que se produzcan ciclos de retroalimentación que alteren su composición de una forma tan drástica que la mayor parte de la vida que conocemos no resista. Sabemos de varios períodos en la historia de la Tierra donde ha ocurrido algo similar –conocidos como eventos de extinción masiva–, y aunque la “vida” sobrevivió y evolucionó lentamente hasta convertirse en millones de especies que repoblaron el mundo, casi todas las que existían en ese momento se extinguieron. Así que ese es el peor escenario posible: provocamos que la atmósfera actual pierda el equilibrio y esta se desploma en un nuevo conjunto de condiciones extremadamente inhóspitas para casi todos los seres vivos del planeta, incluidos nosotros.
Ese es un escenario extremo, pero no improbable. Y existen muchas situaciones menos extremas en las que podría verse socavada nuestra posición dominante actual y, por extensión, nuestra capacidad para mantener grandes poblaciones humanas. También se verían en riesgo nuestros planes de vivir en ciertas zonas del planeta que actualmente están regidas por grandes potencias económicas e industriales. Ese tipo de inestabilidad es extremadamente peligrosa para nosotros como especie y para cualquier otra que dependa de nuestra tutela. Otras especies, por supuesto, podrían beneficiarse de nuestro declive. Podríamos interpretarlo como una suerte de castigo, como un merecido castigo. Otras especies simplemente lo verán como una oportunidad.
De los lugares que describe en su libro, ¿hay alguno que le haya llamado especialmente la atención, ya sea por razones científicas, emocionales o simbólicas?
Visité la zona de exclusión de Chernóbil antes que ningún otro lugar. Fue antes de la guerra en Ucrania. Me afectó profundamente. En parte, claro, por la velocidad con la que el abandono se cernió sobre esos espacios –los rascacielos vacíos, la piscina llena de tejas, las escuelas atiborradas de libros descoloridos y con moho, los árboles que crecían del piso de los gimnasios– y la tragedia humana que todo ello indicaba. Pero también me hizo comprender por primera vez cómo funcionan todas estas diferentes escalas de tiempo.
La contaminación radiactiva allí se presentó de diversas formas. Parte de la lluvia radiactiva fue extremadamente peligrosa, pero se degradó muy rápidamente, en cuestión de horas. El yodo-131, que es a lo que más tememos los humanos en temas de radioactividad, tiene una vida media de ocho días. Así que, fuera de zonas de riesgo específicas, el yodo ya no representa un peligro importante. Pero otros elementos radiactivos que se filtraron en la región de Chernóbil seguirán siendo peligrosos durante años, décadas, siglos, milenios. Piensa en cuánto ha cambiado políticamente Europa en los últimos 100 o 150 años. Algunas de las zonas más contaminadas de Chernóbil sobrevivirán fácilmente a todos los países europeos, tal y como ahora los conocemos, quizá incluso a la civilización europea.
El caso de Chernóbil me ayudó a comprender otros tipos de impacto humano: cómo ciertos daños son terribles, pero temporales. Un ejemplo es la tala de un pequeño bosque: habrá muerte y destrucción a corto plazo, pero si se le permite podría rebrotar en unas décadas y podrían crecer a borbotones las plantas ruderales y las malezas. No obstante, si construimos allí, digamos, una planta química con fugas, eso podría contaminar casi todo para siempre. Por eso debemos centrar nuestros mayores esfuerzos en prevenir los daños más duraderos. Eso se puede lograr prohibiendo los “químicos permanentes”, como los bifenilos policlorados (pcb), y garantizando que los contaminantes existentes se almacenen adecuadamente con un plan de contención a largo plazo que mejore la eliminación de residuos nucleares y la producción de energía para garantizar la seguridad al máximo nivel. Y, más urgentemente, debemos asegurarnos de no alterar la composición de la atmósfera de una forma tan drástica y permanente que ya no haya vuelta atrás.
Aunque no me siento del todo cómodo con la idea del “milagro de la vida”, me gustaría preguntarle: ¿en algunos de los casos que explora en el libro se podría hablar de una especie de “milagro” de ese tipo?
En sentido figurado, ¡sí! Así lo siento, casi como un acto divino de perdón. Hemos causado tanto daño y, sin embargo, esta hermosa y compleja red de vida surge tras nosotros, incluso en algunas de nuestras tierras más desoladas. Quizá no sea un milagro en sí mismo, pero sí es milagroso.
Existe una tendencia a únicamente considerar bellos los paisajes menos intervenidos por el hombre, o a los que la propia naturaleza ha transformado luego de una erupción volcánica o una inundación. ¿Qué dirigió su mirada y su sensibilidad para encontrar belleza en espacios posthumanos, ultramodificados y explotados, o en paisajes que aún impactan al observador por cuenta de los efectos de una destrucción aún en curso?
Encuentro belleza en ambos espacios vivos. De hecho, los paisajes idealizados de la naturaleza salvaje y nuestras concepciones de ellos son el tema de mi próximo libro (The Savage Landscape, que se publicará en 2026), aunque creo que los paisajes salvajes que me atraen también son algo aterradores e inquietantes. Quizás tienen que serlo.
Me resulta interesante cómo el desarrollo humano puede imitar el impacto de fenómenos geológicos masivos (como erupciones volcánicas) o accidentes geográficos naturales. Por ejemplo, un parqueadero abandonado es, en efecto, el punto de partida del proceso que conocemos como “sucesión primaria”, por medio del cual un terreno que es esencialmente estéril empieza a ser recolonizado por completo. Un bloque de apartamentos abandonados también podría servir como nicho ecológico, similar a un acantilado, y ser reutilizado por aves que buscan lugares para anidar. Hace un tiempo visité una isla en el estuario de Forth, cerca de Edimburgo, que se encuentra en medio de un canal de navegación muy transitado. Antiguamente fue una colonia de leprosos, después un puesto de vigilancia naval. Ahora no tiene una función económica evidente, las focas usan las gradas de hormigón como rampas de acceso para reproducirse cuando llegan a la costa y los murciélagos y las mariposas hibernan en los túneles de la fortaleza subterránea.
Este sentido de dar un nuevo propósito, de reutilizar, de que nada se desperdicie me pareció redentor. Y la sensación de que uno no siempre puede anticipar lo que depara el futuro, que podría haber avances –¡buenos avances!– y una recuperación natural que no se había previsto... Creo que todos necesitamos que nos recuerden de vez en cuando que no todo está perdido.
Es cierto que hay un valor estético en la naturaleza que se recupera después de cataclismos, ya sean naturales o causados por la acción humana, pero a muchos nos puede resultar angustioso pensar que no estaremos allí para verla. En su caso, ¿cómo opera la esperanza que prometen los paisajes posthumanos? ¿Hay algo que podamos hacer para observar estos ecosistemas con más optimismo que preocupación?
Ya está sucediendo a nuestro alrededor, constantemente. Es fácil pasar la vista por lugares abandonados en nuestras propias ciudades o calles; nuestro cerebro no les atribuye importancia, porque su función y valor humanos disminuyeron. Pero mientras miramos hacia otro lado, otras especies se están asentando. Al darme cuenta de esto, empecé a notar pequeñas islas de abandono por todas partes. Nos muestran el camino a seguir y nos recuerdan que la muerte y la descomposición son solo un punto en un círculo infinito.

Paisajes urbanos de Detroit
ACERCA DEL AUTOR
(Bogotá, 1958). Estudió biología, se graduó en 1982, pero desde entonces se ha desempeñado como periodista. Entre otros temas, ha laborado en periodismo cultural y ambiental. En la actualidad trabaja en Señal Colombia y en la revista Cambio.